martes, 18 de febrero de 2014

"The Act of Killing" de Joshua Openheimer, Hoy martes a las 21 h. en los Multicines Benavente









'The Act of Killing', el terror visto por sí mismo

·         El documental de Joshua Oppenheimer habla de la masacre indonesia de 1965

·         Suharto ordenó una persecución a comunistas que dejó un millón de muertos

·         La obra, producida por Werner Herzog y multipremiada, se estrena en España




The Act of killing


Director: Joshua Oppenheimer

Co-directores: Christine Cynn, Anónimo

Producida por: Signe Byrge Sørensen

Productores: Joram ten Brink, Anne Köhncke, Michael Uwemedimo, Joshua Oppenheimer, Christine Cynn, Anónimo.

Productores ejecutivos: Errol Morris, Werner Herzog, André Singer, Joram ten Brink, Torstein, Grude, Bjarte Mørner Tveit

Estreno en España: 30 de agosto

Género: Documental

Duración: 115 minutos

Producción: Dinamarca / Noruega / Reino Unido

Año de producción: 2012

Idioma: Indonesio




En la breve introducción a The Act of Killing que su joven director, Joshua Oppenheimer, ofreció en el pasado festival SXSW antes de su proyección en el Alamo Drafthouse Cinema de Austin, lo más importante fue el permiso que concedió a los espectadores para reír cuando lo pidiese el cuerpo. Sin censuras. El aviso a navegantes puede que suene excéntrico, pero es una necesaria absolución preventiva para cada una de las muchas veces que no se puede refrenar la carcajada mientras se ve este documental sobre asesinos en masa en la Indonesia de los años 1960. Con un estilo visual que podríamos considerar loquísima mezcla entre Quentin Tarantino, Pedro Almodóvar y Apichatpong Weerasethakul, y heredero de Werner Herzog -que produce la cinta-, Oppenheimer ha creado una magnífica obra documental que ha cosechado desde dicho estreno numerosos premios, incluyendo el Primer Premio y el Premio del Público de Documenta Madrid, y que aspira a ser el Searching for Sugar Man de esta temporada (ambas traídas a España por Avalon, por cierto: enhorabuena). La premisa de la película es jugosa. En 1965, el gobierno indonesio del dictador Suharto llevó a cabo una persecución contra el comunismo que dejó un millón de muertos en el país asiático. Esas matanzas fueron perpetradas por mercenarios, por bandas de gánsteres sin inclinaciones ideológicas. En The Act of Killing, Oppenheimer pide a algunos de ellos, héroes en sus entornos cotidianos, que recreen escenas de esas ejecuciones para una película y graba el proceso de producción, a modo de making of. Lo que de entrada suena brutal, macabro y salvaje deriva en un acercamiento al misterio del mal que en ocasiones parece un mockumentary por la extravagante ingenuidad de sus protagonistas y el juego entre realidad y ficción con el que se despliega la historia. Oppenheimer vivió en el país asiático y descubrió con sorpresa que uno de sus vecinos había llevado a cabo cientos de ejecuciones. Quería hacer un documental sobre el tema, pero se dio cuenta de que si quería hacerlo de una forma segura tendría que enfocarlo desde la mirada de los asesinos, sin contar con grupos de derechos humanos o supervivientes. "Esperaba asesinos y me encontré gente ordinaria a la que puedes querer y por la que te puedes preocupar", explicaba Oppenheimer. Ordinarios como Anwar Kongo, el principal protagonista y motor de la historia. Se nos presenta al inicio del filme como un tipo dicharachero y normal, que cuenta lo que hizo sin convertirlo en una hazaña, pero con la candidez de quien siente que hacía lo que tenía que hacer. Esa candidez que es crudeza a la hora de confesar la mecánica para asesinar -the act of killing-, la galería de personajes que acompaña al protagonista y que en ocasiones roza lo freak, y algunos toques de surrealismo en la puesta en escena de la historia que se rueda dentro de la historia, difuminan los contornos de la realidad y permiten que el espectador pueda distanciarse hasta la risa. Y, sin embargo, tras esa rara embriaguez el balance emocional es estupor y turbación.

El crimen lo define el vencedor.

A medida que avanza está "especie de anticatársis" para Kongo vamos penetrando en ese misterio, el de "esa completa fantasía de un mundo dividido en malos y buenos, la moral Star Wars", como etiqueta el cineasta tejano. "La verdad, lo que lamento... Nunca pensé que iba a parecer tan horrible", dice Kongo casi al final de la película, cuando Joshua le muestra el montaje de la recreación de la masacre en un pueblo indonesio que fue borrado del mapa. No era consciente del destino de ese viaje que comenzó tan ufano. Uno de sus compadres en el crimen, casado y con dos hijas, al que convoca para grabar algunas escenas, es más consciente de lo que aquello puede suponer y se muestra remiso a rodar, critica que lo hagan, confiesa que no le da vueltas al tema y que eso le ha permitido dormir con la conciencia tranquila. "Lo que se considera crimen de guerra está definido por los vencedores", replica cuando la cámara le pregunta si no es consciente de que aquello que considera era un deber puede llevarle a La Haya. "Que me lleven", desafía.

Exterminar "de una manera más humana"


"Esto no es lo característico de la Pancasila Youth [juventud paramilitar al servicio del Estado], como si nos gustase beber sangre", justifica en el set de rodaje de la citada masacre el ministro de Juventud y Deporte, que ha acudido a apoyar el rodaje pero que parece también darse cuenta al verse desde fuera lo que están haciendo. "Debemos exterminar a los comunistas, pero debemos aniquilarlos de una manera más humana", dice con toda llaneza. "Si queremos prevenir con seriedad que nos matemos unos a otros, tenemos que mirar a los motivos de la violencia frente a frente", defiende Oppenheimer. "¿He pecado... y todo esto vuelve ahora a mí? Espero que no", dice Kongo, cuyo personaje hubiera sido de imaginar por un guionista. "Sé que estaba equivocado, pero tenía que hacerlo". Gracias a The Act of Killing se habla por primera vez abiertamente en Indonesia de este crimen masivo, gracias a proyecciones clandestinas o reducidas, ya que la censura no permitiría la proyección de un documental cuyo rodaje fue convirtiéndose en algo cada vez más peligroso y en cuyos créditos hay varias decenas de miembros del equipo técnico que están acreditados como "anónimos".  No es este un acto de denuncia al uso (pero lo es, por muchas carcajadas que el espectáculo provoque, y prueba de ello es que los supervivientes de la matanza son los primeros que quieren distribuir la película en Indonesia). Es, sobre todo, "cómo un régimen de terror se imagina a sí mismo", en palabras del propio director.

martes, 11 de febrero de 2014

"Harold and Maude" hoy martes 11 de febrero a las 21 h en los Multicines Benavente

Título: Harold y Maude (Harold and Maude)
País y año: EE UU, 1971
Dirección: Hal Ashby
Intérpretes: Ruth Gordon, Bud Cort, Vivian Pickles
Guión: Colin Higgins
Cartel de Harold y Maude
Esta reseña revela detalles del argumento
La primera película de Hal Ashby que tuve el placer de ver fue una de sus mejores obras, Being there (USA, 1979), que nos ofrecía una interpretación memorable del gran Peter Sellers en un registro muy alejado de lo que solemos esperar de él. Desde el momento en que vi la secuencia en la que Chance Gardner —un jardinero simple y con muchas limitaciones— atraviesa las calles de Washington llenas de miseria, crimen y graffittis al compás de la versión funky de Eumir Deodato de Also Sprach Zarathustra, supe que estábamos ante una manera peculiar, clásica y a la vez divertida, de entender el cine. Esa mezcla de seriedad, edad madura, ironía y humor infantil que me gustaron en Being There ya se encontraban en Harold and Maude (1971) en dosis mucho menos diluidas y con mayor carga icónica. De hecho, Harold and Maude es considerada una comedia de culto, y contiene elementos transgresores y de cultura pop (como ese Jaguar fúnebre) que, mezclados con el humor oscuro e irónico pero infantil, conforman esa clase de películas que aquí nos interesan.
Harold and Maude tiene una secuencia inicial y una puesta en escena que dan la impresión de que estamos ante una película deprimente y pesimista. El contrapunto de la música de Cat Stevens, vital y animada, nos va introduciendo —de manera aparentemente contradictoria— a la dualidad chocante y tremendamente efectiva del humor negro que sirve como vehículo y lenguaje de esta película. De esta manera se nos va presentando de un modo cada vez más accesible la personalidad de Harold, un adolescente obsesionado con la muerte y que no para de escenificar su propio suicidio una y otra vez ante su madre, cada vez de manera más sanguinaria y desesperante. El asunto en realidad es serio, pues Harold realmente se siente muerto y su impulso hacia la muerte es real e intenso. El joven siente tal atracción por la muerte que frecuenta funerales de desconocidos, fascinado por el final de la vida y por la contemplación del cadáver que todos, de alguna manera, ya somos.
Es en uno de estos funerales donde Harold conoce a Maude, una anciana septuagenaria llena de vida, también fascinada por la muerte, pero por motivos bien distintos. Maude es una vitalista, una anarquista, una fuerza de la naturaleza hecha de pura energía y ganas de vivir; más joven que muchas adolescentes, irradia una vitalidad hermosa y femenina. Para ella, la muerte es una manifestación más de la energía de la vida, del ciclo del cosmos. Su sonrisa está llena de ilusión y experiencia, de ingenuidad y sabiduría al mismo tiempo. Harold y Maude se hacen amigos, y poco a poco el joven va descubriendo motivos para vivir. La vida que pronto abandonará el cuerpo de Maude es la que gradualmente va llenando a Harold, en un ejercicio de puro cine y celebración vital que resulta chocante desde las premisas necrófilas y suicidas iniciales de la película. No hay manera de apreciar la vida sin antes haberse enamorado de la muerte. Entonces podremos cantar, y bailar, y ser quienes realmente queramos.
And if you want to be me, be me
And if you want to be you, be you
'Cause there's a million things to do
You know that there are
La película está situada en el número 45 de las 100 más divertidas de la historia según el American Film Institute. Por supuesto, habrá mucha gente que ponga objeciones a esta clase de listas; yo, el primero. Pero si atendemos a criterios de humor inteligente, con diversas capas de significado y niveles de interpretación, de complejidad irónica y significado existencial más allá del mero gag, no puedo estar más de acuerdo: estamos ante una cinta extremadamente divertida, que celebra el humor como cristal a través del cual podemos mirar más allá de nuestro cuerpo muerto y ver la grandeza de lo que somos. La conversación entre Harold y Maude acerca de las flores es de una belleza enternecedora y un significado muy profundo.
Pero no por ello deja de haber en Harold y Maude un humor meramente cómico o de sketch. La escena en la que Maude vuelve loco a un policía que pretende detenerla en su moto es desternillante, puro slapstick on the road. Humor chaplinesco, en el que el personaje de la anciana alcanza su cima de rebeldía a la vez que culmina nuestro proceso de identificación con ella. Su forma de entender la autoridad recuerda a la de los hermanos Marx, la persecución entre ella y el policía es comedia muda, puro cine y divertimento destilado. Genial.
Ciertos momentos de la película son tan genuinos y originales que la historia adquiere la frescura que sólo tienen aquellas películas en las que se nota que el director estaba efectuando realmente un ejercicio de expresión y libertad creativa. Momentos como cuando Maude hace el grito de Tarzán y suena el auténtico grito de Tarzán, o cuando está tocando el piano y se levanta para bailar mientras el instrumento sigue sonando. Esos momentos sorprenden y, lejos de alejarnos del momento, nos despiertan una sonrisa y nos atan con más fuerza al mundo especial de los personajes.
Al final, la película plantea un dilema moral relacionado con la diferencia de edad de los protagonistas. Lo que para muchos es un tabú inquebrantable se presenta de un modo natural y, de nuevo, con humor y gracia (Harold haciendo burbujas de jabón con una sonrisa de felicidad en el rostro). Tras esto, la película se cierra con una escena final que plantea la ambiguedad de si Harold ha ejecutado su acto suicida final, o ha vuelto a fingirlo por última vez. No importa. Lo realmente importante es que finalmente ha entendido que está vivo, más allá de lo que ocurra con su cuerpo. La drástica (pero coherente) decisión final de Maude en su 80° cumpleaños sirve como bálsamo para un joven que, finalmente, nace al mundo y a la vida. Puro cine.

Harold and Maude (1971) es una de las películas imprescindibles de la década de los setenta. Divertidísima y triste a la vez, esta comedia negra tiene por protagonista a Harold (interpretado por un excelente Bud Cort), un joven de buena familia cuya fascinación por la muerte le conduce a simular todo tipo de suicidios, cada uno de ellos tan extravagante como hilarante. La absoluta indiferencia de su gélida madre (Vivian Pickles) ante la imagen de Harold colgado con una soga al cuello, flotando en la piscina boca abajo o en el suelo tras “pegarse un tiro” delante suyo es probablemente lo más conmovedor del filme. Casi más que el trágico final que se intuye con cada frame.
“Actualmente, la etiqueta película de culto es un truco publicitario para vender películas independientes o películas importantes que flirtean con distintas subculturas”, explica el experto cinematográfico Michael Tapper en 1001 películas que hay que ver antes de morir. Y continúa: “Sin embargo, Harold and Maude lo es verdaderamente, pues combina el talento en la dirección del antes montador Hal Ashby con las excéntricas personalidades de sus principales actores, Bud Cort y Ruth Gordon”. Cort, de veintiún años, acababa de interpretar su primer papel principal como el hijo obsesionado con volar en El volar es para los pájaros (1970), de Robert Altman. La ex guionista de Gordon, de setenta y seis años, tenía una serie de papeles secundarios memorables tras de sí en la década de 1960, el más conocido la bruja de Manhattan de La semilla del diablo (1968), de Roman Polanski, premiado con un Oscar.
En el filme, el joven Harold sólo logra superar su depresión al conocer en un funeral (como no podía ser de otra manera) a Maude, una mujer de 79 años que no teme a la muerte, pues es una superviviente de los campos de concentración nazis (lo que se descubre gracias al fugaz plano del número tatuado del brazo) y que está dispuesta a morir justo el día en que cumpla 80 años. “La peculiar química entre ambos los convirtió en una pareja romántica, simpática e inolvidable que desafía los tabús de la juventud, la vejez, el sexo, la muerte y la felicidad”, apunta Tapper.
Ganadora de la Espiga de Oro a la mejor película, Harold and Maude fue también rompedora para su época, ya que el vínculo sexual entre los protagonistas es la clave del filme, “aunque a varios de los personajes y posiblemente a muchos de los espectadores les parezca repugnante”. Con la excepcional música de Cat Stevens, Johann Strauss y Chaikovski como telón de fondo, la película conduce al espectador a un esperado (pero temido) final.
En la última escena, “Maude se prepara para morir en su octogésimo aniversario, y la inclinación hacia la juventud es sustituida por la percepción existencial de que la muerte sea, en última instancia, aquello que da sentido a la vida”.
 
Creative Commons License
This work is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivs 3.0 Unported License.