domingo, 12 de marzo de 2017

"Paterson" de Jim Jarmusch. El martes 14 de marzo a las 21h. en los Multicines Benavente



EXTRAVÍOS

Paterson

Jarmusch ha rodado una película en homenaje al poeta William Carlos Williams

Francisco Calvo Serraller
Un joven estadounidense conductor de autobús urbano, llamado Paterson, que reside en su pequeña ciudad natal del mismo nombre, sita en New Jersey, se levanta todas las madrugadas del año besando a su hermosa mujer todavía durmiente, Laura, antes de ir a trabajar. Es feliz en medio de esta humilde y rutinaria jornada, porque, en su modestia, ha comprendido no solo que el maravilloso sentido de la existencia se revela en los minúsculos visajes de imágenes dispersas que flotan en el aire, sino porque, desde la amplia consola en la que está embutido, puede apreciar el rebullir luminoso del mundo y captar el bamboleo intermitente de las conversaciones de los pasajeros que transporta. Aún más: al atardecer, finalizada su labor, regresa a casa y allí se encuentra con las variadas y sorprendentes iniciativas de su sensible mujer, que tampoco cree que el discurrir de lo cotidiano impida saborear la belleza de la vida. Por lo demás, Paterson saca también a pasear en el crespúsculo al perro, su rival, lo que le permite disfrutar de las distancias cortas en el callejeo, algo imprescindible para mejorar el aprecio de lo inesperado desapercibido en la percepción de lo corriente, la suprema opción de los poetas, esos inconformistas que nos evocan el soterrado secreto de lo conforme.
Así, como quien dice, de dos patadas, he resumido el encanto de la película —esa superficie epidérmica de lo real— titulada Paterson (2016), que ha rodado el cineasta estadounidense Jim Jarmusch, nacido en 1953, en homenaje al poeta compatriota William Carlos Williams (1883-1963), uno de cuyos libros más célebres se tituló precisamente Paterson (1946-1958), donde hay una estrofa que dice: “¡Dilo! No hay ideas sino en las cosas. El Señor/Paterson se ha ido/para descansar y escribir./En el autobús uno ve/sus pensamientos sentado o de pie. Sus pensamientos que se apean y se desparraman”. Este hondo convoy versicular lo ha transformado Jarmusch en el apretado haz de una semana de la vida de este par de jóvenes que son artistas sin saberlo, porque no se dejan aplastar por el sinsentido de lo consabido; esto es: dos ángeles, que descubren el rico angular de lo real.
¿Acaso puede uno, cualquiera de nosotros, sustraerse al compromiso de amar, lo más inspirado de nuestra rastrera condición mortal? En 1957, poco antes de morir y ya gravemente enfermo, William Carlos Williams publicó el libro Viaje al amor, en el que explicó la clave de esta nada fácil senda erótica. Lo hizo en un bello poema titulado La corona de hiedra, donde, tras advertirnos de que, a pesar de ser simples mortales, “podemos desafiar nuestro destino”, añadió: “El romanticismo no tiene que ver./El amor es/crueldad que con/voluntad, transformamos/para estar juntos./Tiene sus temporadas,/mejores y peores,/pero al fin el corazón/a tientas en la oscuridad/resiste/hasta que llega el fin de mayo./Justo porque lo natural es que las zarzas/desgarren la piel/he procedido a atravesarlas…”. Sí; el amor: la zarza ardiente.

viernes, 3 de febrero de 2017

Zhang Yimou

Las mejores películas de Zhang Yimou
Escrito por el 05.03.13 a las 5:27
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Es quizá el realizador chino más importante en la actualidad. Zhang Yimou (Xi’an, Shaanxi, China, 1951) se ha convertido en una de las grandes cabezas visibles de la cinematografía asiática, con una figura que trasciende el medio para ser incluso el elegido como maestro de ceremonias de la apertura y clausura de los Juegos Olímpicos de Pekín 2008. Yimou, salido de la llamada Quinta Generación de cineastas chinos, es un caso excepcional en la medida en la que ha sido capaz de conciliar poesía y comercialidad, espectáculo e intimismo siempre con una capacidad superdotada para la filigrana visual. Desde sus títulos más líricos a sus más ostentosos wu xia, repasamos a continuación lo mejor de una filmografía imprescindible para todo amante del cine venido de Extremo Oriente.

“La linterna roja” (1991). Para muchos sigue siendo la obra maestra de Yimou, y sin duda se trata de una de sus películas más celebradas. “La linterna roja” se basaba en una novela de Tong Su y estaba ambientaba en los años 20. En ese contexto Songlian, una joven de 19 años —Gong Li, actriz fetiche del director— se veía obligada a casarse con un poderoso señor con ya tres esposas, cada una de ellas viviendo en una casa independiente dentro de un gran castillo. En ella, Yimou ya daba muestras de su exquisito tratamiento del color y su seductora estética, además de la profunda sensibilidad que iba a ser denominador común en sus mejores obras. Estuvo nominada al Oscar como Mejor Película de Habla No Inglesa, entre una larga lista de candidaturas y galardones.

“Ni uno menos” (1999). En un régimen tan férreo como el chino, es sorprendente la libertad con la que Zhang Yimou ha llegado a criticar sus injusticias y desequilibrios sociales. “Ni uno menos” hablaba del abandono de la china rural en materia de educación, a través de la historia de una adolescente que se ve obligada a hacer de profesora sustituta y que se empeña a toda costa en que ninguno de sus alumnos deserte o sea apartado de las aulas para trabajar. Hermosa y sentida, hablamos de un melodrama sin asomo de afectación que desarma por su honestidad y por la magistral dirección de sus niños protagonistas. Una joya que le valió a su director el triunfo en la Mostra de Venecia, donde se alzó con cuatro premios —incluido el León de Oro a la Mejor Película—.

“Hero” (2002). En su primera incursión en el wu xia —género de aventuras y artes marciales—, Yimou se marcó su propia “Rashomon” (Akira Kurosawa, 1950), una épica que distorsiona la historia a través de varias versiones de los hechos y se basaba en el intento de asesinato del Rey de Qin a manos de Jing Ke en el 227 a.C. “Hero” desplegaba todo el potencial visual del autor en batallas de la era de los Reinos Combatientes, pero además demostraba su intuición narrativa en un ejercicio magnético, capaz de mantener el suspense hasta el final en la incógnitas que es el personaje de Jet Li. Le valió su tercera —y hasta la fecha, última— nominación al Oscar.

“El camino a casa” (2000). La herencia, el recuerdo, el amor incondicional más allá de la muerte, una protagonista femenina empeñada a toda costa en conseguir su objetivo. “El camino a casa” tenía ingredientes ya habituales de la versión más poética e intimista del realizador, y los conjugaba en una historia de amor melancólica y conmovedora, cuyo lirismo se aliaba con la distinción del pasado y el presente a través de una fotografía que alternaba el color y el blanco y negro respectivamente. También, suponía un nuevo toque de atención al sistema educativo, si bien no con la contundencia de “Ni uno menos”. Ganó el Premio del Público en el Festival de Sundance de 2001.

“Amor bajo el espino blanco” (2010). Adaptación de una novela de Ai Mi, “Amor bajo el espino blanco” era una trágica historia de amor entre dos amantes de destinos separados por la Revolución Cultural de Mao. En ese dramático romance, Zhou Dongyu  y Shawn Dou eran los dos enamorados condenados a no encontrarse, o a encontrarse en fugaces momentos que respiran felicidad y delicadeza —la escena de la chaqueta, junto al lago—. Hasta la fecha penúltimo trabajo del realizador, suponía su vuelta a su versión más intimista, después de casi una década de dedicación a la épica del wu xia.

“¡Vivir!” (1994). Ambientada en la revolución maoísta, “¡Vivir!” narraba la historia de un hombre cuyas deudas le llevaban a abandonar a su familia, para encontrarse al volver con ella que ya nada era como antes. Y no lo hacía sin librarse de la polémica: el retrato que el filme hacía de las campañas del gobierno comunista fue suficiente para que fuera prohibido en China. Pese a ello, el prestigio internacional llegó como siempre y la película fue nominada al Globo de Oro y ganadora de tres premios en el Festival de Cannes, dos de ellos para Yimou y el otro para su actor Ge You. El otro gran rostro era el de su actriz habitual y compañera durante mucho tiempo Gong Li, verdadera sufridora en este espléndido drama.

“Sorgo rojo” (1987). Después de trabajar como director de fotografía en varios proyectos —entre ellos, dos de Chen Kaige—, Zhang Yimou debutó en 1987 con este drama que ya se asentaba en la China rural —en concreto, la de la década de los 30— y que ya presentaba los mimbres de su pasión por los romances difíciles, tocados de una vaporosa, cálida factura visual que los convierte en bellas historias embalsamadas en el tiempo. En ésta su ópera prima ya salía Gong Li, quien interpretaba a una joven que se enamoraba de uno de los escoltas que la acompañaban camino a casarse con el leproso propietario de una bodega de vino de sorgo. Se alzó con el Oso de Oro en el Festival de Berlín de 1988.

“Semilla de crisantemo” (1990). Quizá más conocida por el nombre que toma de su protagonista, “Ju Dou”, “Semilla de crisantemo” volvía a hacer de Gong Li una esposa a la fuerza, esta vez una joven campesina comprada por el dueño de una tintorería para darle un heredero. Impotente, él paga su frustración maltratándola y ella se refugia en su sobrino, con quien inicia un amor prohibido que resulta en el nacimiento de un hijo bastardo. Este duro relato ambientado en la China de la década de los 20 le abrió al cineasta las puertas del reconocimiento internacional: le valió su primera nominación al Oscar, estuvo presente en el Festival de Cannes y se llevó la Espiga de Oro de la Seminci de Valladolid.

“La casa de las dagas voladoras” (2004). Su segundo wu xia en dos años —tras “Hero” (2002)—, “La casa de las dagas voladoras” supone aún hoy un espectáculo visual incomparable, una épica romántica aderezada de luchas imposibles y un memorable recital de danza cuyas imágenes se hacen embriagadoras como pocas. Su factura técnica es su punto fuerte, pero en ella Yimou no dejaba que cada una de las filigranas que exhibe la película ganara terreno a la historia de amor central, entre un capitán (Takeshi Kaneshiro) y una revolucionaria ciega (Zhang Ziyi).

Las otras películas de Zhang Yimou. El ciclo wu xia en la década pasada se cerró con dos cintas que sirvieron a la crítica para acusar a Yimou de una cada vez mayor lejanía con la lírica que le había dado renombre. Una era “La maldición de la flor dorada” (2006), monumental producción situada en la dinastía Tang que se movía entre pesadas intrigas de palacio y asombrosas batallas llenas de derroche estético. La otra era “Una mujer, una pistola y una tienda de fideos chinos” (2009), discreto remake de “Sangre fácil” (1984) obsesionado con la experimentación sonora y la práctica anulación del diálogo. Volviendo atrás, en 1989 el director experimentó sin mucho éxito en el campo del thriller político con “Daihao meizhoubao” (Yang Fengliang y Yimou, 1989), y tres años después convirtió otra vez a Gong Li en sufrida campesina china en “Qiu Ju, una mujer china” (1992). Por otra parte, “Keep cool ¡Mantén la calma!” (1997) y “Happy  times” (2000) fueron sus dos principales intentos por aproximarse a la comedia y hacerlo en un contexto actual, la primera con la historia de un librero obsesionado con su ex amante, y la segunda con la de un solterón que, cuando encuentra al que cree que es el amor de sus sueños, aparenta ser rico y celebrar una boda que no se puede permitir. Por último, Yimou participó en dos cintas colectivas en busca de un homenaje al cine, “Lumière y compañía” (1995) y “Chacun son cinéma” (2007).

REGRESO A CASA- COMING HOME, de Zhang Yimou. El martes 7 de febrero a las 21h. en los Multicines Benavente


 
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