domingo, 13 de noviembre de 2016

Sing Street, de John Carney, el martes 15 de noviembre a las 21h. en los Multicines Benavente

Crítica
Con el mismo peso con el que sonaba la banda sonora en sus anteriores películas, el director irlandés compone un relato de entrada en la madurez con su característica combinación de amabilidad, comedia y emoción desplegada a través de canciones, una película cargada de nostalgia que reivindica el poder de la música.
Si ha habido un director que, en los últimos años, ha conseguido integrar música, canciones y banda sonora como vehículo emocional en sus películas, ese es sin duda el irlandés John Carney. Su pequeño filme “Once” de 2007, una ópera prima que no llegaba a la hora y media de duración con un presupuesto de cien mil euros, liderada por actores no profesionales interpretando a una pareja de músicos callejeros que se enamora por las calles de Dublín, cogió al festival de Sundance por sorpresa. Lo que en principio parecía una película menor se terminó llevando el Premio del Público en Sundance, el Óscar a la mejor canción, y generó un gran fervor en la crítica y en espectadores, como por ejemplo Bob Dylan quien a raíz del filme se llevó a la pareja protagonista a abrir sus conciertos. En 2013 llegó “Begin Again”, una película de características similares, con el mismo tono ligero, amable y enamoradizo de “Once” pero en versión más hollywoodiense, teniendo como cabezas de cartel a Mark Ruffalo y Keira Knightley. Sin llegar a generar la misma respuesta por parte del público, la película también se convirtió en una de esas comedias ligeras de las que es imposible no guardar un buen recuerdo, un largometraje sin altas pretensiones que hacen que se salga del cine con una sonrisa que tarda en borrarse.
En ambos filmes, el viaje por el que van sus respectivos protagonistas se encuentra más desarrollado musicalmente que de forma narrativa y John Carney logra que, tanto grandes éxitos como canciones compuestas expresamente para cada película, se desenvuelvan como una perfecta y organizada melodía sentimental durante todo el metraje. Sin embargo, algo sucedió mientras Carney desplegaba las notas de “Begin Again” que le hizo querer huir del cine de estudio a mayor escala. Sus recientes, y cuestionablemente públicas, críticas a Keira Knightley como actriz y como ejemplo representativo de un tipo de intérprete dentro del modelo cinematográfico de grandes producciones han tenido cierta notoriedad, pero son indicativas de la motivación que llevó a Carney de vuelta a Dublín para contar una historia basada en su propia infancia y, una vez más, con un presupuesto ajustado y con actores no profesionales. Una vuelta a los orígenes en toda regla y en múltiples vertientes, cinematográfica y personalmente, en la que enfatiza aún más el vínculo existente entre educación sentimental y educación musical, resaltando el poder que posee la música para transmitir una secuencia de emociones.



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