sábado, 28 de septiembre de 2013

"Hannah Arendt" de Margarethe von Trotta, el martes 2 de octubre a las 21 h. en los Multicines Benavente

El malentendido sobre Hannah Arendt La película de Margarethe von Trotta sobre la filósofa alemana ha despertado una nueva ola de críticas contra su libro ‘Eichmann en Jerusalén’. El problema es que muy pocos de sus detractores lo han leído Monika Zgustova 9 AGO 2013 Cuando en 1961 se celebró en Jerusalén el juicio del líder nazi Adolf Eichmann, la revista The New Yorker escogió como enviada especial a Hannah Arendt, una filósofa judía de origen alemán exiliada en Estados Unidos. Arendt, que se había dado a conocer con su libro Los orígenes del totalitarismo, era una de las personas más adecuadas para escribir un reportaje sobre el juicio al miembro de las SS responsable de la solución final. Los artículos que la filósofa redactó acerca del juicio despertaron admiración en algunos (tanto el poeta estadounidense Robert Lowell como el filósofo alemán Karl Jaspers afirmaron que eran una obra maestra), mientras que en muchos más provocaron animadversión e ira. Cuando Arendt publicó esos reportajes en forma de libro con el título Eichmann en Jerusalén y lo subtituló Sobre la banalidad del mal, el resentimiento no tardó en desatar una caza de brujas, organizada por varias asociaciones judías estadounidenses e israelíes.Tres fueron los temas de su ensayo que indignaron a los lectores. El primero, el concepto de la “banalidad del mal”. Mientras que el fiscal en Jerusalén, de acuerdo con la opinión pública, retrató a Eichmann como a un monstruo al servicio de un régimen criminal, como a un hombre que odiaba a los judíos de forma patológica y que fríamente organizó su aniquilación, para Arendt Eichmann no era un demonio, sino un hombre normal con un desarrollado sentido del orden que había hecho suya la ideología nazi, que no se entendía sin el antisemitismo, y, orgulloso, la puso en práctica. Arendt insinuó que Eichmann era un hombre como tantos, un disciplinado, aplicado y ambicioso burócrata: no un Satanás, sino una persona “terriblemente y temiblemente normal”; un producto de su tiempo y del régimen que le tocó vivir. Lo que dio aun más motivos de indignación fue la crítica que Arendt dispensó a los líderes de algunas asociaciones judías. Según las investigaciones de la filósofa, habrían muerto considerablemente menos judíos en la guerra si no fuera por la pusilanimidad de los encargados de dichas asociaciones que, para salvar su propia piel, entregaron a los nazis inventarios de sus congregaciones y colaboraron de esta forma en la deportación masiva. El tercer motivo de reproches fueron las dudas que la filósofa planteó acerca de la legalidad jurídica de Israel a la hora de juzgar a Eichmann. De modo que lo que esencialmente provocó las críticas fue la insumisión: en vez de defender como buena judía la causa de su pueblo de manera incondicional, Arendt se puso a reflexionar, investigar y debatir. Sus lectores habían esperado de ella un apoyo surgido del sentimiento de la identidad nacional judía y de la adhesión a una causa común, y lo que recibieron fue una respuesta racional de alguien que no da nada por sentado. En palabras de Aristóteles, en vez de limitarse a ser una “historiadora”, Arendt se convirtió en “poeta”. Sus adversarios llegaron a ser muchos; el filósofo Isaiah Berlin no quería ni oír hablar de ella, y el novelista judío Saul Bellow afirmó que Arendt era “una mujer vanidosa, rígida y dura, cuya comprensión de lo humano resulta limitadísima”, aunque otra conocida escritora, Mary McCarthy, publicó en Partisan Review un largo ensayo en apoyo de Eichmann en Jerusalén. Así, el libro de Arendt generó en los sesenta toda una guerra civil entre la intelectualidad neoyorkina y europea. En vez de defender incondicionalmente, como buena judía, la causa de su pueblo, debatió, investigó, reflexionó Ahora, medio siglo después de la primera polémica, la realizadora alemana Margarethe von Trotta ha ofrecido al público su película Hannah Arendt, que ha despertado una nueva ola de reacciones contra el tratado de la filósofa. Lejos de ser un documental sobre Arendt, esta “película de ideas”, que se estrenó en mayo en Estados Unidos y en junio en España, enfoca el caso Eichmann sirviéndose de escenas de su juicio en Jerusalén, extraídas de los archivos. Otra vez en Estados Unidos y en Europa se ha despertado una polémica, aunque más respetuosa con la filósofa, la cual, a lo largo de las décadas, ha ido cobrando peso. La mayoría de los participantes en el debate actual sostienen que, en la “banalidad del mal”, Arendt descubrió un concepto importante: muchos malhechores son personas normales. En cambio, según ellos, Arendt no supo aplicar adecuadamente ese concepto. Según lo expresó Christopher Browning en New York Review of Books: “Arendt encontró un concepto importante pero no un ejemplo válido”. Elke Schmitter argumenta en el semanario alemán Der Spiegel que “la actuación en Jerusalén fue un exitoso engaño”, y que Arendt no llegó a entender al verdadero Eichmann, un fanático antisemita. Alfred Kaplan ha escrito en The New York Times que “Arendt malinterpretó a Eichmann, aunque sí descubrió un gran tema: cómo las personas comunes se convierten en brutales asesinos”. Todos los críticos —y hay muchos más que los citados— invocan los documentos hallados sobre Eichmann tras la publicación de Eichmann en Jerusalén y las investigaciones posteriores, y afirman que Arendt en su época los ignoraba y debido a ello malinterpretó a Eichmann. El problema es que —y aquí subyace el primer malentendido— Arendt sí conocía, al menos parcialmente, esos materiales, y su tratado los tuvo muy en cuenta. Dichos documentos provienen de la estancia del jerarca nazi en Argentina, antes de que allí le capturaran los servicios secretos israelíes: se trata de sus memorias y apuntes, además de una entrevista. A partir de esos materiales, diversos estudiosos han publicado en los últimos años nuevos ensayos sobre Eichmann y, por lo general, le dan la razón a Arendt en el hecho de que Eichmann no era un maniático que odiaba a los judíos, sino un hombre común. En cambio, esos historiadores le echan en cara a Arendt su idea de que Eichmann meramente obedecía órdenes.Logró poner de manifiesto que el mal puede ser obra de gente corriente, de las personas que renuncian a pensar Y aquí está el segundo malentendido: la filósofa nunca sostuvo que Eichmann se limitara a obedecer órdenes. En su libro, Arendt resaltó la rebelión de Eichmann contra las órdenes de Himmler quien, al aproximarse la derrota, recomendó un mejor trato a los judíos, mientras que Eichmann “se esforzó por hacer que la solución final lo fuera realmente”, escribió Arendt. La filósofa dibujó un minucioso retrato de Eichmann como un burgués solitario cuya vida estaba desprovista del sentido de la trascendencia, y cuya tendencia a refugiarse en las ideologías le llevó a preferir la ideología nacionalsocialista y a aplicarla hasta el final. “Lo que quedó en las mentes de personas como Eichmann”, dice Arendt, “no era una ideología racional o coherente, sino simplemente la noción de participar en algo histórico, grandioso, único”. El Eichmann de Arendt es un hombre que, engañándose y convenciéndose a sí mismo, está persuadido de que sus sangrientas acciones manifiestan su virtud. Muchos ensayistas y comentaristas no han entendido y siguen sin entender las ideas de Arendt porque no han leído su libro, o lo han leído bajo la influencia de los comentarios anteriores. Por eso el malentendido sobre Eichmann en Jerusalén no acaba de disiparse y Hannah Arendt se ha convertido en una autora de la que se habla mucho, pero a quien leen pocos. Sus ideas siguen molestando hoy como lo hicieron hace cincuenta años. Nada en la historia es blanco y negro, y los análisis de Arendt despiertan la animadversión de los que prefieren explicárselo todo con esquemas simples que no permitan la duda ni obliguen a reflexionar sin fin. Por ello es más preciso que nunca ir a la fuente y leer a Hannah Arendt, porque ella puso de manifiesto que el mal puede ser obra de la gente común, de aquellas personas que renuncian a pensar para abandonarse a la corriente de su tiempo. Y eso es válido también para los tiempos que vivimos Monika Zgustova es escritora. Su última novela es La noche de Valia (Destino). Margarethe von Trotta: "Es un milagro que la película Hannah Arendt haya tenido éxito" La realizadora, ganadora del Festival de Venecia, es una de las figuras del Sanfic, que le dedica una retrospectiva. ¿Cómo hacer una película sobre un filósofo? ¿Cómo traducir en acción cinematográfica la vida de Hannah Arendt, una mujer de palabras antes que de acción? Durante más o menos 10 años, la cineasta alemana Margarethe von Trotta se hizo estas preguntas sin encontrar demasiadas respuestas. Se trataba de una misión relativamente imposible. Finalmente, la respuesta la encontró en un hecho que ligaba a la realidad. Y vaya que realidad: el juicio contra el criminal nazi Adolf Eichmann, el ejecutor más aplicado de la llamada “solución final” y burócrata impecable del sistema de transportes a los campos de concentración nazis. Hannah Arendt, la filósofa judío-alemana residente en Nueva York cuando Eichmann fue encontrado en Buenos Aires, fue enviada a reportar el juicio en Jerusalén por la revista The New Yorker. Ese era el período que a Von Trotta le sirvió para construir la historia de su vida. O al menos de parte de ella. “Un amigo me sugirió que hiciera un filme sobre Hannah Arendt. Según él, si yo había podido hacer la película Rosa Luxemburgo, podía con Hannah Arendt. Fue poco después de estrenar La calle de las rosas, en el 2003. En ese momento pensé que era imposible. Hannah Arendt, a diferencia de la revolucionaria Rosa Luxemburgo, era una mujer de pensamientos, no de acciones”, cuenta Von Trotta al teléfono desde su residencia en París. El Festival Sanfic, que partió ayer en cinco sedes capitalinas, dedica una retrospectiva de cinco películas a la directora alemana de 71 años, nombre fundamental en el Nuevo Cine Alemán de los 70 y ganadora del León de Oro de Venecia en 1981 por Las hermanas alemanas. En el contexto de la muestra (que se realiza gracias a Goethe Institut y German Films), mañana se exhibe su última película, Hannah Arendt, a las 17 horas en la Cineteca Nacional (ver recuadro). La intención inicial era que Von Trotta estuviera en Chile, pero la inesperada detección de una dolencia cardíaca le impidió el viaje. “Es algo delicado, debo cuidarme”, dice. Hannah Arendt describe las experiencias de la pensadora cuando presencia el juicio y también realiza flashbacks a los años 20, época en que fue alumna y pareja del filósofo alemán Martin Heidegger. El autor de Ser y tiempo terminó pasándose al bando nazi y Arendt huyó a Estados Unidos. Luego, en el proceso que terminó con la ejecución de Eichmann en 1962, Arendt acuñaría la famosa expresión “la banalidad del mal” para referirse al criminal nazi como un mero ejecutor eficaz de tareas ordenadas por otros. La película ha sido una de las más exitosas en la carrera de Von Trotta, ganadora de la Espiga de Plata en el Festival de Valladolid y del Premio a Mejor Actriz en los Galardones del Cine Alemán. ¿Sospechó que el filme podría tener este éxito? No. Todo esto es un completo milagro. Uno de mis antiguos productores nunca creyó que alguien tuviera interés en ver esta película y le auguraba un absoluto fracaso. Tal vez funcionó porque mostramos a una filósofa sin olvidarnos que la película puede entretener. ¿Siempre prefirió centrarse en este período de la vida de Hannah Arendt? Por supuesto que hubiera sido más fácil hacer una película contando la historia de amor entre Hannah y Martin Heidegger. Habría llegado dinero de Hollywood tal vez. Pero la historia de Alemania no la podíamos relatar a través de un romance. Me rehúso. Para mí, Hannah Arendt es el cierre de una trilogía de la historia alemana que comienza con Rosa Luxemburgo (1986), donde hablo de una figura importante de los primeros años del siglo XX y sigue con La calle de las rosas (2003), en que toco el período nazi, en 1943. Hannah Arendt, de cierta manera, cierra este círculo, refiriéndose a un personaje ya inserto en los años 60. ¿Qué opina de la relación de Arendt con Heidegger? Es importante, pero fue mucho más importante para ella como soporte afectivo su segundo esposo, el filósofo Heinrich Blücher. Ahora, en todo esto hay una contradicción: elijo concluir la película con Hannah Arendt diciendo: “Lo único que nos puede prevenir de la catástrofe es el pensamiento”. Pero por otro lado, Heidegger , su maestro, es un pensador que finalmente termina adhiriendo al Partido Nazi. Usted es de la generación del Nuevo Cine Alemán de los 70. ¿Siente algún tipo de nostalgia por ese período? Qué puedo decir. Fassbinder murió, Wenders y Herzog se fueron a América. Siento nostalgia por el sentido de solidaridad entre cineastas que había en los años 70. Luchábamos por nuestras películas juntos, discutíamos de cine y política en los cafés, en todas partes. Eso se acabó. Ahora cada quien se las arregla como puede. Estamos en una época individualista.

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