martes, 7 de abril de 2009

Eastwood. Una entrevista y una crítica



"Soy un dinosaurio, un hombre de otra época"

Rueda dos películas al año. Ahora, con Gran Torino, vuelve sobre algunas de las constantes de su obra: los efectos de la violencia, la redención... Asegura que llegó al cine buscando mujeres guapas pero ha acabado convertido en el último clásico que aún pisa Hollywood. A sus 78 años no puede evitar contemplar el mundo con cierta extrañeza. «Vivimos en una sociedad que no sabe cuidar de sus mayores», se lamenta en la única entrevista concedida a una revista española con motivo del estreno de su último filme.
Por Luis Martínez
No ha cambiado. La última vez que concedió entrevistas fue en el Hotel du Cap. Allí, en la punta del cabo Antibes, un Ferrari Testarrosa daba la bienvenida. No sólo es un coche, es una forma de explicar eso que la tradición llama distribución (desigual) de la riqueza. Un símbolo. En el fragor del festival de Cannes, a Clint Eastwood le faltaban unos días para cumplir 78 años. Ahora los tiene. Nos recibe en otro hotel y en otra ciudad. En el Bristol, en París. Traje, zapatillas Nike y una amabilidad fuera de norma. Algo no cuadra, estamos delante del hombre sin nombre, del inspector Harry Callahan, del vengador William Munny de Sin perdón, del último clásico que aún pisa Hollywood. Un símbolo.
A pocos metros de la calle Faubourg St Honoré, en la que se encuentra el hotel, una gran imagen suya saluda (o intimida, según se mire): un rifle en la mano y un Gran Torino detrás. ¿Se acuerdan de la serie Starsky y Hutch? Si la respuesta es sí, además de tener ya una edad, sabrán de lo que hablamos. Si es no, vaya una explicación: Gran Torino es, además del título de la última película firmada y protagonizada por Eastwood, un icono de los años 70 fabricado en Detroit. Es decir, algo más que un simple coche. Un símbolo.
Un fuerte apretón de manos y es él el que toma la iniciativa: «¿Viene de España? Mi mujer tiene muchas ganas de conocer el país y, de hecho, siempre estamos haciendo planes sobre cuándo será el momento adecuado». Sin duda, los mismos planes de seis meses atrás. No ha cambiado.
P.¿No ha vuelto por España recientemente?
R.No vuelvo desde... Creo que hace demasiado tiempo. Guardo buenos recuerdos. Estuve allí en los años 60. Tres veces a lo largo de tres años durante el rodaje de las películas de Sergio Leone [Por un puñado de dólares, La muerte tenía un precio y El bueno, el feo y el malo]. Visité Madrid y, lógicamente, recorrí el sur: Almería, Málaga..., Burgos.
P. Burgos queda algo más retirado.
R. Bueno, fue hace tanto tiempo. Cincuenta años, creo. Pero volveré. Hay tiempo, no creo que España se mueva del sitio [se ríe].
P. En el trayecto del metro al hotel, apenas 300 metros, he visto siete veces su foto en las vallas publicitarias. Su película, Gran Torino, ha recaudado cerca de 130 millones de dólares sólo en EEUU. ¿Este tipo de cosas rejuvenecen?
R. No, no puedo disimular mi edad. Además, uno no hace nunca una película con el objetivo de gustar a la gente. No me recuerdo diciéndome a mí mismo: «Sí, esto sí que va a gustar». Eso, la verdad, nunca se sabe, pero claro que me alegra que la gente vaya a ver mi cine. Para eso lo hago. O no sólo...
P. ¿Cómo le sentó que le dejaran fuera en la última ceremonia de los Oscar? El año que presenta dos películas, El intercambio y Gran Torino, sólo obtiene la candidatura Angelina Jolie, protagonista de la primera...
R. No vi la ceremonia. Estaba de viaje, precisamente, hacia París...
P. No me refería a eso.
R. Sí, sí... No puedo quejarme de cómo me ha tratado la Academia. Al contrario, he sido candidato al Oscar tres veces en las últimas cinco películas. Quizá es el momento de los demás. Yo sólo hago mis películas y las hago lo mejor que puedo. Aquí acaba mi trabajo. Es imposible predecir lo de los premios. Nunca pensé que Sin perdón [cuatro Oscar] o Million Dollar Baby [también cuatro] iban a tener reconocimiento. Es bonito lo de ser premiado, pero... es eso, bonito.
P. Ha citado dos películas que, como esta última, regresan a alguna de las constantes de su filmografía. Igual que en Mystic River, por ejemplo, otra vez reflexiona sobre las consecuencias de la violencia. ¿Cree que las nuevas películas de Hollywood, quizá deslumbradas por el éxito de los videojuegos, frivolizan sobre este asunto?
R. Digamos que no estoy muy familiarizado con los videojuegos. Me han cogido demasiado mayor. No sería justo que opinara sobre el tema. En cualquier caso, lo que me interesa no es tanto la violencia en la pantalla como la forma en la que ésta afecta a los personajes.
P. ¿Qué diría a los que mantienen que determinado cine fomenta la violencia? Aquí podemos citar la polémica que desató en su momento Harry el sucio.
R. Depende, quizá tengan razón en lo que respecta a aquellos que intentan vender la violencia como un medio de tener éxito. Y sí, quizá yo mismo lo hice alguna vez en el pasado, pero mi cine ahora trata de otra cosa, de las motivaciones que hay detrás. Hacer ahora una película de acción con tiros y gente saltando de un lado a otro no tendría mucho sentido con la edad que tengo. Por otra parte, crecí viendo las películas de James Cagney y Humphrey Bogart, cuyos personajes eran muy violentos, y no creo que eso me afectara negativamente. Al contrario.
P. Otra constante que se repite en esta película es la idea de la caída y la posterior redención del personaje principal. Y esto es así en su cine y en el cine clásico americano desde John Ford.
R. La verdad es que no he reflexionado mucho sobre ello. Pero no cabe duda de que he crecido con las películas de Ford.
P. Su película habla de la crisis entre la vieja generación (usted interpreta a un veterano de Corea de origen polaco) y la nueva sociedad multicultural (el conflicto nace con la comunidad vietnamita recién llegada a Detroit). ¿Es ésta la crisis con la que se enfrenta Obama?
R. Sí, pero la crisis está ya dentro de la sociedad. Vivimos en una sociedad que no sabe cuidar de sus mayores. Ni las familias ni el propio sistema de sanidad. Quizá es el momento de aprender de los que llegan ahora a EEUU, como los vietnamitas de la película. Ellos sí saben qué hacer con sus ancianos, por ejemplo. Aprendamos de ellos.
P. ¿Cómo imagina el futuro de su país?
R. La imagen del Gran Torino va muy bien con lo que intento decir. Este modelo de coche salió de la factoría de Detroit y es un coche precioso. Lo sigue siendo ahora. En su época era el rey. Entonces se hacían coches que la gente quería y el más admirado de todos era éste. Pero ahora no es más que un coche viejo. En un momento dado, cambió la idea de cómo tenían que hacerse los coches y Detroit, América, dejó que otros países como Japón la adelantaran.
P. ¿Y la crisis mundial?
R. No entiendo muy bien por qué la gente se sorprende con la crisis. Desde el principio de los tiempos las cosas han funcionado así: una vez estás arriba y otras, abajo. No comprendo tantas lamentaciones. Crecí en una era en que las cosas tenían valor. Tenías los pocos dólares que tuvieras en el bolsillo. Ahora, con las tarjetas de crédito, uno gasta 30 veces más de lo que tiene. Todo se compra sin esfuerzo. Antes, si gastabas más de lo que tenías, pasabas a tener un problema. Tenías cuatro dólares, el cine costaba dos y medio, y la conclusión era que no podías llevar a tu chica a cenar. Simple, pero perfectamente comprensible. Estaba claro lo que tenías y lo que no. Ahora no. Las cosas han perdido valor. Quizá esté ahí el problema.
P. Se ha definido varias veces como un libertario. ¿Cómo contempla un libertario la elección de Barack Obama?
R. Espero que estemos ante una nueva era. Sin duda, necesitamos empezar a pensar de nuevo muchas cosas. Pero es muy pronto. Él todavía está aprendiendo. Y lo más importante ahora es ser pacientes. Todos tenemos que tener paciencia.
P. Por cierto, ¿qué es eso de libertario? Antes se declaró republicano, ¿cómo evolucionó de una posición a la otra?
R. No hay actualmente un partido libertario, pero creo en la filosofía de vivir y dejar vivir. Sencillo. Si se mira un poco de cerca, no hay gran diferencia entre los partidos políticos en Estados Unidos. Son, con pequeñas diferencias, casi lo mismo. Gastan demasiado dinero en asuntos que no tienen importancia. Tiempo atrás, sí que fui republicano. Me hice republicano cuando tenía 21 años. Me preocupaba la guerra de Corea y voté por Eisenhower porque dijo que nos iba a sacar de la guerra y, de hecho, nos sacó. Hace tiempo que no estoy de acuerdo con la forma en que evolucionaron las cosas en ese partido ni en la sociedad en su conjunto.
P. ¿A qué se refiere exactamente?
R. Pondré un ejemplo. Antes en el colegio o en el instituto uno aprendía cosas útiles. La gente salía sabiendo mecánica, siendo capaz de arreglar las cosas. Y no como ahora, que si se te estropea algo tienes que mandarlo a China a reparar. Aquí se inventa la tecnología y luego se fabrica fuera. Da la impresión de que en EEUU han dejado de hacerse las cosas.
P. Parece, por lo que dice, que siga siendo el inadaptado, el solitario inconformista que ha encarnado en tantas películas...
R. Lo de solitario ya no viene al caso. Tengo familia y me gusta pasar el tiempo con ella, independientemente de que disfrute también de mis momentos de soledad. En cualquier caso, me gusta la gente.
P. ¿Recuerda el momento exacto en el que decidió dedicarse a eso del cine?
R. Sí, perfectamente. Un amigo del colegio me dijo que estaba yendo a clases de interpretación y me preguntó por qué no me apuntaba con él. Tenía 22 años y estaba en el ejército. Para convencerme me comentó que había unas cuantas chicas muy guapas.
P. Un motivo de peso.
R. Sin duda. Uno siempre necesita una primera motivación. Cuando llegué a clase vi que había una treintena de chicas muy guapas y tan sólo seis hombres. Lo vi claro. Recuerdo que me dije: «Esta clase me necesita» [rompe a reír]. Así que, por lujuria o por compañerismo, o como quiera llamarlo, empezó a interesarme, y cuando algo te interesa, te envenena la sangre. Luego vino todo seguido: la llamada de los estudios y, lo más importante, el trabajo en la televisión. Lo que necesitaba era un trabajo regular y lo encontré ahí, en la interpretación.
P. En una declaración para un documental, su madre dio una versión algo más poética. Comentó que su vocación nació de las horas que pasaba de niño solo con sus amigos imaginarios...
R. Quizá haya algo de esto. Es una sabia observación. De pequeño recorrimos prácticamente todo el país. Íbamos allá donde mi padre encontraba trabajo. Eso significaba estar en un sitio apenas el tiempo necesario para hacer amigos. Muchas veces, apenas seis meses. Siempre era el niño nuevo en la escuela. Tenía que aprender a jugar y a entretenerme yo solo. Imagino que fue un buen entrenamiento para mi imaginación.
P. Hasta que descubrió a las chicas.
R. Bueno, antes de eso hubo otro momento importante. Estaba en el instituto y había que hacer una obra de teatro. Era obligatorio. Yo no quería tener nada que ver con ello; sin embargo, la profesora me eligió para el papel principal. No me eligió por ningún talento especial, sino, estoy convencido, únicamente porque no quería hacerlo. Cuando por fin representamos la obra pensé: «Nunca más». Pero, lo que son las cosas, la obra tuvo un éxito increíble. Era una comedia y la gente se moría de la risa... Y luego, sí, luego fui a las clases que he comentado antes.
P. ¿Cuál fue su primer héroe en la gran pantalla?
R. James Cagney, Bogart, Gary Cooper...
P. ¿Por algún motivo?
R. En el caso de Cagney porque era otro tipo de héroe. Se permitía cosas que nunca se permitirían otros. Locuras que los demás tenían miedo de hacer para no estropear su imagen de estrellas. Como, por ejemplo, estampar un tarro de frutas en la cara de Mae Clarke en El enemigo público [William A. Wellman, 1931]. Nunca antes un galán había hecho algo tan salvaje. Era diferente. Él no tenía miedo a nada.
P. Cuando estuvo en España haciendo westerns, ¿pensó alguna vez en cómo quería que se desarrollara su carrera? R. Nunca. Entonces sólo tenía clara una idea: que disfrutaba haciendo westerns.
P. Llega la pregunta: ¿cuándo piensa retirarse?
R. No pienso en ello. Se me ha pasado por la cabeza un par de veces, pero no. Lo único que me puede retirar es que dejen de llegarme guiones que me interesen. Está claro que pienso más en dirigir que en actuar, pero, bueno, esto mismo dije cuando acabé Million Dollar Baby y he terminado protagonizando Gran Torino.
P. ¿Es un hombre religioso?
R. Creo en algo, pero no he tenido tiempo de reflexionar demasiado en el asunto. Hoy me pregunto por ello. En el fondo estoy convencido de que hay alguna razón detrás de todo esto. No sé de qué se trata, pero de que algo hay estoy seguro.
P. ¿Se considera un Gran Torino?
R. Mi imagen de actor, como la del coche, se fijó a finales de los 60 y principios de los 70. En definitiva, soy un Gran Torino. Sí, soy un dinosaurio, un hombre de otra época [se ríe].
Nelson Mandela en la mirada de Eastwood
Desde que el pasado mes de diciembre Gran Torino se estrenara en EEUU, son muchos los que se han esforzado en leer en el carácter de su protagonista, Walt Kowalsky, una despedida a la altura del mito Eastwood. De alguna forma, Kowalsky resume todos los personajes que han curtido la piel de la leyenda. Pero no, Clint Eastwood, ajeno al incienso de sus exégetas, se mantiene firme: “Soy sólo un contador de historias”.
El cineasta norteamericano se encuentra ya enfrascado en el rodaje de una nueva película. Se trata de la cinta protagonizada por Morgan Freeman sobre Nelson Mandela, el líder sudafricano que acabó con el apartheid. “Me interesa sobre todo, el carácter manipulador, en el buen sentido, del personaje; cómo maniobró para conseguir unir a los blancos y negros en Sudáfrica”, asegura el director. El filme está basado en el libro del periodista John Carlin The Human Factor

Crítica
CRÍTICA: LA PELÍCULA DE LA SEMANA
Los ogros que acechan a los niños
CARLOS BOYERO 19/12/2008
Desde que Clint Eastwood, este director en posesión de esa cosa tan simultáneamente fácil y difícil de concretar llamada clasicismo, nos demostrara en la extraordinaria Bird su capacidad para hacer reales, emotivas y profundas las zonas de luz -pero sobre todo de sombra- de gente perdurablemente herida, cada una de sus crónicas ha despertado unas expectativas notables en los paladares selectivos, aunque, como certificara un espíritu muy racional, nadie puede ser sublime ininterrumpidamente. La menos inspirada de las películas de Eastwood es como poco interesante, y cuando le acompaña el estado de gracia es capaz de parir incontestables obras maestras como Sin perdon, Un mundo perfecto, Los puentes de Madison, Mystic river y Million dollar baby. Saltando de un género a otro con poderosa personalidad y consciente de que el lenguaje de la cámara y el arte de contar historias no tiene secretos para él, el mejor cine de Eastwood se alimenta de guiones con cuerpo y alma, guiones ajenos ya que él no los escribe ni los firma, pero a los que transparentemente integra en su universo y los dota de complejidad.El intercambio la ha escrito J. Michael Staczynski, buceando en esa cosa tan conmocionante pero que se presta al falseamiento o la manipulación llamada hechos reales. Comenzaron en 1928 y en la ciudad de Los Ángeles. El arranque de ellos era pavoroso, lo que más puede turbar a la sensibilidad de cualquiera que no esté irremediablemente embrutecido. O sea: el rapto de niños, el ensañamiento con los desvalidos, con los inocentes. Y la consecuente desesperación de sus familias, la angustia que acompaña a la incertidumbre, el estupor al no comprender los motivos ni el enigma de que tus criaturas desaparezcan sin dejar rastro, el derrumbe psíquico al constatar que el torturante paso del tiempo no te devuelve lo que más amas.
Y entiendes que este tenebroso argumento haya tentado a Eastwood. Ya se ocupó del tema y cercano al escalofrío en Mystic river contando el rapto y violación de aquel cordero al que cazaron los lobos, de ese patético niño que escapará de su tortura pero quedará marcado para siempre como un tullido emocional.
Eastwood va más lejos en El intercambio de la semblanza terrorífica del peor de los asesinos en serie. A través de una mujer lógicamente tenaz que no se resigna a que la corrupta polícía intente cerrar el caso de su desaparecido niño entregándole seis meses más tarde a un crío que intenta convencerla de que es su madre, Eastwood hace un retrato feroz de la complicidad entre policías, psiquiatras y políticos para destruir psíquicamente a la que no puede renunciar a que le devuelvan vivo o muerto lo que ella parió, cuidó y perdió.
Se le puede reprochar a esta película cierto esquematismo en la descripción de buenos y malos. Entre los segundos unos representan al poder, su impunidad para encubrir la mierda, sus sórdidos trapicheos para enmudecer al disidente, para que les salgan las cuentas de cara a la engañada ciudadanía. Es una película muy larga que el talento de Eastwood hace corta, sólida, trágica y creíble. Angelina Jolie vuelve a demostrar como en Un corazón invencible que sabe sufrir con veracidad y hacer contagioso su dolor cuando le quitan al marido o al hijo.

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