miércoles, 16 de abril de 2008

"La balada de Cable Hogue" de Sam Peckinpah, el martes 22 de abril

El Cineclub Fetiche tenía la intención de programar un "western", desde hace tiempo. Y se nos ha ido la mano. Porque lo que presentamos a nuestros espectadores para el martes 22 de abril (en los Multicines Benavente a las 21 h) no es solamente un western. Es un compendio ecléctico de géneros que no chirrían gracias a la magistral habilidad de un genio como Sam Peckinpah. ¡A disfrutar amigos y amigas!
Salud y buen cine

CRÍTICA
Dinosaurios no tan extinguidos como parece
Si ya de por si es difícil enmarcar la presente película dentro de la obra y evolución peckinpahiana debido a su claro punto de inflexión que marcó, más aún resulta el intentar englobar tamaña obra dentro de lo que pudo significar en una década tan ecléctica y rica como la de los 70.
Su condición de mezcla entre western, comedia, musical y drama intimista, unido a unas constantes visuales adelantadas a su época donde imperaba un clasicismo resquebrajante que en dos años se vendría abajo, La Balada de Cable Hogue se presenta como ejemplo claro de largometraje "perdido", desclasado, en tierra de nadie tal como son los personajes de las películas de su autor. La película corrió la mala suerte de pertenecer a unos años donde los cambios se fluctuaban poco a poco y una obra de la complejidad de Cable Hogue no fue bien recibida, ni por crítica ni por público, siendo además todo lo contrario que los productores, exhibidores y distribuidores (y por que no decirlo, el público también) esperaban de Peckinpah tras el exitazo de Grupo Salvaje (The Wild Bunch, 1968) donde los tiros y las coreografías violentas dieron paso a un simulacro de musical enmarcadao en el lejano oeste donde tiros había más bien pocos y las coreografías violentas fueron sustituidas por intensos dibujos internos de los principales protagonistas, dando como resultado una de las obras donde más se ha conseguido el retrato humano acerca de las relaciones entre dos adultos o de las motivaciones e impulsos que un personaje puede tener como guía vital hasta darse cuenta que quizás esas no eran las correctas. La aceptación de tal hecho es lo que encumbra la película de Peckinpah por encima de otros intentos de mostrarnos el lejano oeste como algo más que el hogar de vaqueros e indios.
Justo antes de la explosión que el cine sufriría con el cambio generacional que empezó con la realización de Easy Rider (Easy Rider, 1969) de Dennis Hopper y cuyo máximo artífice fue el fenómeno que supuso el lanzamiento de la saga de los Corleone por parte de Francis Ford Coppola, los primeros setenta fueron un torrente de buen cine y nuevos realizadores que peleaban por hacerse un hueco en el que les dejaran expresarse libremente, cultivando un tipo de cine que rompía con el pasado y caduco sistema de estudios de antaño. Gente como Scorsese, Robert Altman, Arthur Penn, Hal Ashby o Bob Rafelson por poner solo algunos ejemplo, fueron el estandarte del nuevo cine norteamericano, todos ellos bajo la cálida manta de papá Francis. Ellos fueron los que cambiaron la visión de hacer cine, un cine sin tapujos que miraba hacia el futuro en vez de al pasado (y si no que se lo digan a Lucas o Spielberg) y que enterraron a los grandes de su país, gente como Frod, o Hawks que ya no dirigieron más, o aquellos que lo hicieron no gozaron de la suerte de sus colegas por no haber evolucionado con ellos, caso de Billy Wilder, quine realizó un par de obras maestras en los 70 pero totalmente fuera de lugar en la época.
Por ellos sorprende que en tiempos tan confusos como los de la cocaína y marihuana dominando la cultura norteamericana, alguien como Peckinpah se mantuviera fiel a su estilo coherente con su necesidad de expresión a través de la cara oscura de su país. El gran acierto de Cable Hogue reside en su voluntad de apartarse de todo convencionalismo y cliché que se podría esperar de ella. La película nace aparte de la voluntad de agradar al público o a crítica sino como único medio necesario de expresarse interiormente en un país y en un cine que estaba cambiando y que el propio Peckinpah sabía muy bien, como sus personajes (y como su propia carrera posterior demuestra) que él y su cine pertenecen al pasado, son marginados, a pesar de contener sus imágenes más modernidad que la voluntariamente buscada por cineastas hoy olvidados o sobrevalorados como el citado Rafelson sin ir más lejos.
Realizada en un momento dulce de su carrera, tras el exitazo de la ya mencionada Grupo salvaje, Peckinpah logró una inusitada (y única) libertad en su carrera que le permitió ser su propio productor bajo la atenta mirada de Phil Feldman de la Warner que ya había colaborado con él en Grupo salvaje. Esta inusual circunstancia propició lo que sin duda fue la explosión de talento natural más importante de Peckinpah consiguiendo de este modo su película más personal e íntima. A pesar que tras varios años de peleas nos ha llegado el montaje del director de la obra maestra que es Pat Garrett & Billy the Kid (Pat Garrett & Billy The Kid, 1973) y más o menos podemos disfrutar de otro director´s cut de Grupo salvaje, películas clave dentro de su filmografía (y del cine) como Mayor Dundee (Major Dundee, 1964) o Duelo en la alta sierra (Ride The High Country, 1962) nos muestran retazos de un Peckinpah en estado puro pero incompleto.
De ello la importancia capital que tiene la presente película no ya sólo en la filmografía de su director sino por el momento exacto en que se hizo. Cable Hogue fue bendecida con el don de esas obras de arte nacidas y creadas en el momento oportuno por la gente adecuada. En una época en que el western había caído en una repetición de las fórmulas creadas un lustro antes por Leone en sus Spaghetti weterns, tan sólo Peckinpah con su grupo salvaje y su posterior Pat Garrett y el propio Leone con la descomunal Hasta que llegó su hora (Once upon a time in the west, 1968) habían aportado algo a los ya lejanos últimos destellos de la grandeza del género como el Liberty Valance de Ford. En un tiempo donde las modas que imperaban eran el gusto por las artes marciales y los zooms a mansalva, incluso Howard Hawks realizó una obra como Río Lobo (Rio Lobo, 1970) tan apegada al pasado que pasó sin pena ni gloria, y los westerns evolucionaban, no ya temáticamente como los crepusculares de éstos Leone y Peckinpah sino formalmente e ideológicamente teniendo como opción más palpable, el musical La Leyenda de la ciudad sin nombre (Paint Your Wagon, 1969) de Joshua Logan y la exitosa Dos Hombres y un destino (Butch Cassidy & Sundance Kid, 1968) de George Roy Hill, donde las constantes de género han sido sustituidas por películas enmarcadas dentro del western pero que son tan ajenas como lo pueden ser un musical o una comedia como las anteriormente citadas.
Peckinpah cohesiona pasado y presente fusionando fondo y forma en uno de los más grandes westerns crepusculares que se han rodado jamás. Fiel a sus héroes, toda la fauna de la película, son desclasados pertenecientes a otra época, que les toca vivir en una era a la que son ajenos y conscientes de ello, son conscientes de su propia decadencia lo que les otorga un halo de armonía y.clase que la gente normal no posee.
Pensada en forma de elegía nostálgica y tal como su nombre explica, el largometraje es un canto triste, una balada en torno al personaje de Cable Hogue, héroe Peckinpahiano por excelencia, en perfecta armonía con el Pike Bishop de Grupo salvaje, el mismo Mayor Dundee o el Warren Oates de Tráeme la cabeza de Alfredo García (Bring me the head of Alfredo García, 1964), no es más que un marginado voluntario, tozudo y con un código ético y moral propio totalmente alejado del de la sociedad en la que vive pero no por ello peor, sino que en la mayoría de los casos se presenta como alguien más digno que cualquier ciudadano de a pie, siendo la marginalidad un hecho voluntario debido a la incapacidad de encajar en un sitio porque sencillamente el mundo no está hecho para ellos. Cable Hogue se refugia en el desierto porque encuentra agua, pero el desierto es el único lugar donde puede vivir ya que pertenece a él antes que a cualquier sitio. De modo contrario que Hildy, la prostituta que sí conseguirá pertenecer a algo como es la sociedad de San Francisco, aunque donde más pertenezca es al corazón de Hogue y por lo tanto al desierto, Hogue no conseguirá deshacerse de ello ni aunque quiera. Precisamente cuando esté dispuesto a abandonarlo todo para irse con su amada a la gran ciudad, será un elemento del progreso como es un coche, lo que desafortunadamente lo matará quedando anclado a un pasado que no quiere que evolucione con él porque gente como Hogue no tiene cabida en el progreso y del mismo modo que la película, se sitúan en tierra de nadie. A medio camino entre el pasado y el presente aunque más tirando hacia el primero, por la nostalgia de los tiempos vividos, aquellos que fueron mejores. Hogue es la identificación perfecta con Peckinpah. Pertenece a esa clase de hombres auténticos que viven como pueden adaptándose pero amparándose y siendo conscientes de su situación. Son personas duras que no juzgan, entienden. Como en la magnífica secuencia que Hogue recibe a Hildy cuando es expulsada del pueblo por la liga de la moralidad y éste la recibe alegando que cada uno hace lo que puede para vivir. Hildy es otra superviviente que encuentra en Hogue su alma gemela, gente que pertenece a otro lugar, pero sobretodo a otra gente, los de su misma especie. Por eso ambos se enamoran ya que la única felicidad no la encontrarán ella en San francisco ni él en el desierto, la encuentran el uno en el otro y Peckinpah se encarga de que lo entendamos.
Si a nivel argumental y temático la película se erige como pilar de la obra del cineasta tremendamente consecuente con su evolución y espléndidamente tramada sin alguna fisura en lo que es la definición de los personajes siendo éstos los que marcan la evolución del guión y no al revés, formalmente sin duda nos enfrentamos a la más compleja película de su director.
Frívola a primera vista por su estilo totalmente "setentero", la verdad no puede estar más alejada ya que cada plano obedece a una decisión madurada en cuanto al mundo en el que el Sr. Hogue debe sobrevivir.
Así pues, los créditos del principio superponiendo imágenes con la pantalla partida, no responde a un orden de raccord mientras Hogue viaja por el desierto buscando agua. Planos en los que sale de día se alternan con noche sin orden aparente para volver al día con camisa y pasar a llevar la chaqueta para volver a la noche. Este desorden responde a una voluntad de mostrar el infierno interior de un hombre en un desierto a la deriva donde se pierde toda noción de tiempo y espacio. Un espacio que Peckinpah aprovecha como nunca siendo los paisajes y el desierto otro personaje de vital importancia que el propio protagonista. Casi todos los planos están filmados de modo que observemos donde se encuentran, sin teleobjetivos que aplanen la imagen y resalten las figuras por encima del espacio (tan de moda por otra parte en los setenta), aquí el espacio nos recuerda quienes son y de donde viene los personajes cuyo momento más álgido temática y cinematográficamente hablando es el momento en que Cable recibe como regalo la bandera de los Estados Unidos para que la cuelgue de un hasta. A nivel de personajes la reacción de Cable es de lo más sensible, se emociona porque recibe algo que le recuerda o le hace creer que finalmente pertenecerá a un sitio del que se cree ajeno, ya sea por voluntad propia, pero por conciencia de la imposibilidad de convivir con ese mundo. Peckinpah lo filma con un plano medio de lo más simple pero resaltando el cielo y el desierto que tiene detrás, esa tierra que se ha convertido en un personaje más y que es el verdadero hogar de Cable, el único que conocerá. El desierto.
Las incursiones de aceleraciones de imagen o cámara rápida responden a una acentuación cómica que si bien algunos la juzgaron fuera de lugar no podrían estar más equivocados ya que siempre se realizan en los mismos momentos, cuando huyen de algo, en este caso tanto el reverendo como Hogue de las iras que sufren por una mujer. Por el marido de una en el primer caso y por la propia Hildy que le persigue en segundo. Además de sonsacar una sonrisa, las dos secuencias (sobretodo la del reverendo) sirven para constatar los especiales momentos de huida de una mujer, que no hacen más que acentuar la secuencia más importante de este bloque. Si la primera vez Cable huía de la furia de Hildy, cuando ésta llega a la posta al haber sido expulsada, Peckinpah utiliza la cámara rápida mostrando el cambio de actitud en él ya que a toda prisa ordena y limpia la casa para poder ofrecerle un espacio digno de ella para poder quedarse y es que como le espeta Hildy más tarde: «Me has tratado como una verdadera señora aquí». Otra muestra de la en teoría dudosa moral que Hogue tiene para le época pero no para Peckinpah.
Como último bloque destacable, no hay que olvidar las escasas secuencias musicales que pueblan la película. Sobretodo la más importante es la que tiene lugar en el centro del relato, la convivencia entre Hildy y Hogue en la posta donde los números musicales no responden a una moda pasajera sino a un cuidado estudio de la personalidad de los protagonistas, ya que además de la canción que escuchamos por boca de ellos asistimos a esa voluntaria ruptura de raccord en tiempo y espacio alternando días con noches y secuencias que no corresponden donde la música servirá más tarde para conocer en que piensa Hogue cuando habiendo transcurrido tres años decida dejarlo todo para ir en su busca y el cineasta vuelva a introducirla dejando bien atado al espectador los deseos y sobretodo la evolución de Hogue, que voluntariamente intentará adaptarse a esa sociedad que lo rechaza y relega al desierto.
Por suerte el tiempo ha devuelto a La balada de Cable Hogue el lugar que merece. Inclasificable por su complejidad, la película es más que una comedia, mucho más que un western y por supuesto no es un musical, es uno de esos milagros cinematográficos que ocurren cuando los planetas se alinean y se cuenta también con el talento de uno de los cineastas más dignos de revisión como es Sam Peckinpah. (http://www.miradas.net/)
FICHA TÉCNICA Y ARTÍSTICA
EEUU, 1970. Director: Sam Peckinpah. Productor: Sam Peckinpah . Guión: John Crawford, Edmund Penney. Música: Jerry Goldsmith, Richard Gillis. Fotografía: Lucien Ballard, en color. Montaje: Lou Lombardo, Frank Santillo. Dirección artística: Leroy Coleman . Vestuario: Robet Fletcher. Duración: 121 minutos. Intérpretes: Jason Robards (Cable Hogue), Stella Stevens (Hildy), David Warner (Reverendo Joshua Douglas Sloan), Strother Martin (Bowen), Slim Pickens (Ben Fairchild), L.Q. Jones (Taggart), Peter Whitney (Cushing), R.G. Armstrong (Quittner), Gene Evans (Clete), William Mims (Jensen), Kathleen Freeman (Sra. Jensen).

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